No creo en un Dios intervencionista, canta Nick Cave en el primer verso de Into My Arms, una de sus más bellas canciones. Habla del Dios del Antiguo Testamento, un creador vengativo que exige ser adorado y que sería renovado por el Dios del Nuevo Testamento como un padre que nos deja en libertad para ver la belleza del mundo y para crear nuestra propia belleza. La fe en un Dios manipulador nos lleva a preguntarnos cómo permite que ocurran ciertas cosas. Si es bueno, justo y generoso, cómo puede ser también silencioso, frío, lejano. Del conflicto entre la predestinación de un Gran Plan Divino y el libre albedrío de su creación surge la malinterpretación de su mensaje, la corrupción de sus designios por sus seguidores. La humanidad quiere tanto que Dios responda a las oraciones como se niega a aceptar que su futuro esté escrito. El hombre de fe anhela un padre creador que nos conduzca y vele por nuestro bien, pero también cuyo designio sea que nos rebelemos contra Él. Como nosotros queremos enseñar a nuestros hijos, que pensemos por nosotros mismos, que no esperemos a que nos den las cosas resueltas, es parte del diseño de los cielos.

Mike Carey es un gran escritor, un gran fabulador con un preciso sentido del decorum. Cada uno de sus personajes habla con una voz propia y diferenciada, con un lenguaje y unas expresiones que lo hacen único y reconocible. Con Lucifer parte lo bosquejado por Neil Gaiman en The Sandman para crear un universo nuevo, completamente diferente al que conocemos, con sus propias reglas, lleno de episodios hermosos y terribles, con mil ramificaciones perfectamente cerradas. Y eso es fascinante. Basándose en una visión teocéntrica y etnocéntrica de la fantasía y la mitología, el paraíso de los creacionistas, el autor juega a ser dios, vieja aspiración del ser humano, para escribir un nuevo Génesis que le enmiende la plana al Viejo Barbudo que está en los Cielos y le enseñe cómo debería ser su obra. Pero la cosmología de Carey, como la de la Biblia, está llena de paradojas inexplicables y agujeros. En ambos casos hay que entrar en el juego. El tema, en definitiva, es qué hemos hecho con lo que se nos ha dado y si ha merecido la pena el resultado. Frente a la ciega obediencia debida, reivindica el pensamiento libre. Contra la predestinación del designio divino, defiende el libre albedrío. Su protagonista está obsesionado con la libertad, su libertad, la que le permite hacer siempre lo que le convenga sin importar las consecuencias sobre la libertad de otros. La muerte del padre, la rebelión del hijo ante lo que su progenitor espera de él, el disponer de la propia vida, son constantes del ser humano. Lo que se cuestiona es si hasta ese libre albedrío está conducido. Si siempre pasa lo que tiene que pasar porque no hay otra opción. Una metáfora, en definitiva, del hombre esperando y preguntándose si hace lo correcto ante un Dios silente. Tras Scott Hampton, un primer dibujante grandioso que, ay, dejó la colección demasiado pronto, el equipo artístico principal se compone de un tándem bastante anodino, Peter Gross y Ryan Kelly, y de otro dibujante mucho más interesante, expresivo y personal, Dean Ormston. Con él, los demonios son verdaderamente inquietantes y, cuando tiene que usar la caricatura, es igualmente perturbador. Las maravillosas portadas de Christopher Moeller redondean una edición extrañamente lujosa.

Lucifer.
Edición original: DC Comics-Vertigo 1999-2006.
Guión: Mike Carey.
Dibujo: Peter Gross, Ryan Kelly, Dean Ormston et al.
Color: Daniel Vozzo et al.
Portadas: Duncan Fegredo, Christopher Moeller, Michael Wm. Kaluta et al.
Traducción: Guillermo Ruiz Carreras.
Realización: Juli Cases, Esteban Carmona, Marc Viaplana, Dolores Faraco, Pablo Esguevillas, Francesc Martínez.
ECC Cómics 2012-2015.