Los cómics de superhéroes nacieron para entretenimiento y consumo de niños. De los niños, no de las niñas. Desde entonces han sido procesados, transformados, deformados, deconstruidos y vendidos de todas las formas posibles para ampliar el mercado comprador. Desde los superhéroes con superproblemas de Stan Lee, se han intentado hacer creíbles, adultos, realistas. Todo lo realistas que puedan ser los supertipos cuasidivinos pegando saltos enfundados en mallas de colorines (ejemplo gráfico de oxímoron). En muchos casos los superhéroes no son más que un ardid comercial para colocar otro producto, otra historia, otro fondo, bajo la forma que da más beneficios pecuniarios. El disfraz del superhéroe es así también un disfraz narrativo. Son maneras de explotar lo que se preveía como una moda pasajera durante los años cuarenta del pasado siglo, destinada a quedarse obsoleta rápidamente (como el rock and roll), y que vio su refundación los años sesenta (como el rock and roll) para quedarse anquilosada en los setenta (como el rock and roll). Es a finales de los ochenta cuando los superhéroes se modernizan y se hacen totalmente actuales gracias a un escueto puñado de creadores y de historias.

Batman Año Uno es una de las piedras angulares de esta revitalización y, en mi canon del Hombre Murciélago, el que traza una línea que une El Largo Halloween con Asilo Arkham y La Broma Asesina, es el elemento fundacional. Batman es la antítesis de Superman. Es despiadado, sin asomo de sentido del humor y con un trauma rayano en la psicopatía. Frank Miller, sin embargo, reescribe su origen y nos lo devuelve humano, falible, como un hombre desorientado tanteando un camino a ciegas. No es un vengador ni un justiciero, sino un niño que ha perdido la infancia y que no quiere que eso mismo le vuelva a pasar a otros niños. El guionista dispone las piezas de su futuro sobre el tablero sin esfuerzo. Le bastan unas pinceladas para que los fans se estremezcan de gustirrinín y hagan guiños de reconocimiento, despoja al personaje de todo elemento ridículo y/o absurdo, y abre la puerta a multitud de reinicios posteriores de casi todos los personajes emblemáticos de las dos grandes editoriales. Muy bien narrado, de cuando a Frank Miller le importaba escribir y David Mazzucchelli sabía experimentar, no descubro nada si digo que este es uno de los mejores tebeos de Batman jamás publicados, pero tampoco puedo evitar preguntarme qué pasaría si se lo diera a leer a alguien que no hubiera oído hablar jamás de los padres de Bruce Wayne ni conociera nada de la mitología que le rodea. Quizá así no sea un volver a empezar, sino una celebración colectiva con su público.

Batman Año Uno.
Edición original: Batman Year One, DC Comics 1987.
Guión: Frank Miller.
Dibujo: David Mazzucchelli.
Color: Richmond Lewis.
Traducción: Felip Tobar Pastor.
Rotulación: Juli Cases, Dolores Faraco.
ECC Ediciones 2015.