Es fácil atizarle a Mark Millar: tiene éxito, está encantado de conocerse, escribe todo con un ojo puesto en la posterior adaptación a la pantalla (esto es, en la pasta) y muchas veces parece que lo hace con el piloto automático. Pero no se puede negar que siempre, con mayor o menor fortuna, da diversión y en sus mejores (contados) momentos, reflexión. Lo suyo es tomar un género y ver qué se puede hacer con él. Hagamos inventario. Reescribió los superhéroes alejándolos de los parámetros al uso con The Authority y se los llevó al cine con The Ultimates. Se ha dado un gustazo exhumando al Superman más clásico y, en el caso de la muy estimable Huck, otra de sus obras recientes más interesantes, recreándolo. No se ha privado de dar su versión, bastante poco imaginativa y burra, de un Batman jokerizado en Nemesis. Se ha montado su propia miniserie molona con Chrononauts. Dio al eterno adolescente público lector de cómics superheróicos lo que quiere (y, de paso, se rió un poco de él) con la aburrida y pasada de rosca Kick-Ass, pasto de blockbusters. Ahora, con Empress y Starlight, parece que se va a meter en la ciencia ficción descarada, ya que está de moda otra vez. Hasta tiene su peli a lo James Bond que sólo puede gustar a aquellos que, aunque les atropellase Velvet en mitad de la autopista, seguirían sin tener ni idea de quién es Ed Brubaker. Y todo ello mientras mata el tiempo y se llena los bolsillos un poco más. Eso sí, casi siempre ha sabido acompañarse de grandes artistas para que no se note demasiado cuando el guión flojea.

Toca el turno ahora de abundar en uno de sus géneros más queridos, o que le es más cómodo, o más rentable: los tipos de las mallas, el mainstream por excelencia. Digámoslo otra vez: donde está el dinero. No es que Millar se embarque exactamente la enésima deconstrucción del héroe, pero lo intenta con un poco más de fuelle que en sus últimos trabajos. El gran, oh, gran conflicto da vueltas acerca de si es legítimo hacer todo lo que se puede hacer, si el superhéroe generoso con grandes ideales y aún más fuerza, es el nuevo déspota ilustrado. Vamos, que si los superhéroes pueden y/o deben enderezar la crisis económica y social que nos sacude. Aquello de todo por el pueblo, para el pueblo, pero sin el pueblo, no sé si les suena. Y, claro, está visto desde Miracleman de ya-saben-quién que un gran superpoder supercorrompe supergrandemente. Aderécese con poquito de conciencia social reflejo de los tiempos de crisis que corren para que quede constancia de que esta es una obra actual; añádase, como suele suceder en estos casos, un trasunto de Superman que parece salido de Astro City, y un Batman cercano a The Authority, y salpíquese con gotitas de conflicto generacional de niños bien ociosos dispuestos a sentirse fácilmente ofendidos, con demasiado tiempo en sus manos y pocos problemas en sus bolsillos. Esto es lo que hay. Para mencionar el vil metal asociado a Mark Millar por cuarta vez en dos párrafos, otra oportunidad, más digna que otras, de hacer caja. La cuestión crucial es si Jupiter’s Legacy habría sido lo mismo sin el divino talento de Frank Quitely (y la cada vez más fundamental labor de su colorista habitual, no lo olvidemos). Pues claro que no. Pero, siendo las cosas como son, ¿qué sentido tiene plantearse cómo serían si no fueran?

Jupiter's Legacy.
Edición original: Image Comics 2013-2015.
Guión: Mark Millar.
Dibujo: Frank Quitely.
Color: Peter Doherty.
Traducción: Raúl Sastre.
Producción y rotulación: Estudio Fénix.
Panini Cómics 2015.