Los tebeos de superhéroes son estúpidos. Cuando pensamos en cómics, pensamos en superhéroes. Un concepto infantil, plano, servido en cuatricomía. Un entretenimiento bobo, superficial, fácilmente olvidable, para lectores poco exigentes. Los supertipos con nombres risibles volando en leotardos de colores fueron creados para los niños de los años cuarenta y siguen funcionando en el siglo XXI gracias a que Alan Moore se propuso darle sensatez y coherencia a algo tan rematadamente ridículo. Y salió airoso. Con él, los superhéroes de dieta blanda para digestión de todos los públicos debutan en la modernidad y desde entonces ya nada volvería a ser igual.

Se reedita tras no pocas vicisitudes y múltiples dificultades legales la primera obra importante de Alan Moore, y lo que era un burdo remedo del Capitán Marvel protagoniza un regreso más despampanante que el del Capitán América descriogenizado. Se destapa el guionista haciendo lo que mejor se le da: deconstruir. Tomar algo preexistente y devolverlo vuelto del revés. Con un brillante ejercicio intelectual, reescribe todo un género, pone de manifiesto sus flaquezas de origen y se desprende de lo que no le sirve para dotarlo de sentido. Todas las estereotipadas premisas inocentes revierten en un crudo realismo salvaje que abre un nuevo camino del que los superhéroes se siguen alimentando hoy en día, con cotas de sadismo y gore nunca antes vistas en cualquier género del cómic. Pero no se queda en eso, como harían la mayoría de sus seguidores, sino que también resuelve soluciones formales, sorprende con sus planificaciones de página y plantea reflexiones profundas salpicadas de apuntes de erudición cultureta y pop, siempre con diversos niveles de lectura. Pero como Alan Moore es escritor, nos lo envuelve con poética pretenciosidad y un recargamiento barroco de su prosa que culmina en una densísima utopía en la que parece reflejar unos ideales que lo acercan peligrosamente al Despotismo Ilustrado. Anticipa así el misticismo de su Promethea y sienta las bases para la deshumanizada amoralidad de su Doctor Manhattan. Un gran poder conlleva una gran tiranía. Al final, toda la historia de Miracleman no es más que una tremenda excusa. Tras ese deslumbrante juego de manos yace la justificación de cómo se toma un plagio y se sirve como plato recalentado. Todo ello tras modernas portadas feas a más no poder y recopilado en tres tomos que perfectamente podrían haberse quedado sólo en uno, sepultados bajo un alud de innecesarios extras que multiplican el número de páginas y, por lo tanto, el precio.

Miracleman.
Edición original: Quality Communications 1982-1984 / Eclipse Comics 1986-1989.
Guión: Alan Moore.
Dibujo: Garry Leach, Alan Davis, John Totleben et al.
Color: Steve Oliff.
Portadas: Joe Quesada et al.
Traducción: Raúl Sastre.
Rotulación y realización: Forja Digital.
Panini Cómics 2014-2015.