Hay una corriente de pensamiento terriblemente retrógrada que propugna que si las mujeres tuvieran mayor poder en la forma de organizar, gestionar y dirigir el mundo, si las mujeres mandasen, que decía una vieja copla, este sería un lugar mucho más habitable y, en definitiva, feliz. Se fundamenta en que las mujeres son poseedoras de una serie de cualidades típicamente femeninas como son el sentido común, la sensibilidad y la intuición. Eso equivale a negarles otra tanda de características que se considerarían propiamente masculinas tales como la determinación, la fuerza y, a lo que vamos y lo que importa, la inteligencia. Que el papel de las mujeres es el de amorosas madres y esposas. O maestras y enfermeras. El de cuidar a los hombres para que estos se dediquen a las cosas realmente importantes sin molestas interrupciones. Sería interesante debatir acerca de en qué dirección han cambiado, o no, los países bajo los mandatos de Margaret Thatcher, Golda Meir, Corazón Aquino, Indira Gandhi, Cristina Fernández de Kirchner, Benazir Bhutto o Angela Merkel. Pero dos cosas son ciertas: uno, que esta lista no podría ser mucho más extensa. Y dos, que en pleno siglo XXI todavía imperan los roles eminentemente masculinos y femeninos. En un mundo sin hombres, muchas parcelas del engranaje social quedarían desasistidas, quizá hasta el punto de llevar al final de la civilización y, con el tiempo, a su extinción.

Con su usual pirotecnia, Brian K. Vaughan, guionista habitual de series de televisión, parte de esta fascinante premisa y, desde ahí, se dedica a derrumbar tópicos. El hombre de la historia es cualquier cosa menos un animal macho. Es el menos adecuado para haber sobrevivido y perpetuar la especie. Inocentón, infantil, irresponsable y hasta ridículo, es un personaje nada atractivo con un irritante complejo de Peter Pan. El único hombre vivo es un tipo repelente e insoportable, caprichoso e impulsivo, que se comporta como un perfecto imbécil. Las mujeres, por su parte, son tan violentas, duras, ambiciosas y carentes de escrúpulos como lo fueron los hombres. Simplemente habían estado subyugadas, para lo bueno y para lo malo, y ahora son perfectamente capaces de reproducir los mismos roles de brutalidad y dominación. Al querer instaurar un nuevo orden diferente al máximo del patriarcado, en realidad lo reproducen. Pero también saben cómo reconstruir un mundo de sus cenizas. Eso es lo que vemos en esta suerte de road movie. Un viaje iniciático y paradójico salpicado de resultones flashbacks en el que el último hombre, el hilo conductor, pero probablemente no el protagonista, se transformará e irá evolucionando y madurando hasta la emotiva nota final. Porque lo mejor de todo esto es que debajo subyace un plan maestro. Desde el principio los autores saben adónde van y cómo quieren acabarlo atando todos los cabos y cerrando el círculo de esta historia adictiva y apasionante, lastrada por un dibujo bastante discutible, pero eficaz, disfrazado tras espectaculares portadas. La edición, justita y comprensible, seguro que se verá compensada en unos años por otra más lujosa, con extras y en tapa dura.

Y, El Último Hombre.
Edición original: Y, The Last Man DC Comics / Vertigo 2002-2008.
Guión: Brian K. Vaughan.
Dibujo: Pia Guerra, Paul Chadwick, Goran Parlov, Goran Sudzuka.
Tinta: José Marzán Jr.
Color: Pamela Rambo, Zylonol.
Portadas: J.G. Jones, Aron Wiesenfeld, Massimo Carnevale.
Traducción: Guillermo Ruiz Carreras.
Rotulación: Juli Cases, Dolores Faraco.
ECC Ediciones 2013-2014.