Ser joven es otra de esas cosas que sólo valoras, que sólo echas de menos, cuando ya no lo eres. Te sientes parte de una generación desorientada, perdida, que no sabe lo que quiere, pero que sabe que no quiere caminar sobre los pasos de sus padres. A menudo, crecer significa darte cuenta de que no te gusta a dónde te diriges. Madurar supone enfrentarte a la angustia de estar esclavizado a una existencia que te anula y deja sin vida, frente a la angustia de un futuro incierto que te deja falto de valor, de empuje y de confianza. Con la llegada de la madurez llega también el duro proceso de pasar de los sueños, las ilusiones y las esperanzas adolescentes, a la preocupación por un porvenir azaroso. Ser adulto es tener miedo, y el miedo lleva al inmovilismo, a evitar asumir riesgos y a repetir patrones. Porque, lo sabemos, las apuestas suelen acabar en fracasos y cuando ya sabemos de qué va la cosa, no nos queda tiempo y nos faltan fuerzas. Pero puede que el mañana no exista. Todos tenemos fecha de caducidad. La pensamos siempre lejana, pero puede estar a la vuelta de la esquina, absurda, injusta, siempre inoportuna. Un último carpe diem, pues, antes de asumir definitivamente la responsabilidad de una cotidianeidad insulsa y de frustración.

Solanin es una canción a la vida, a esta emocionante tragicomedia llena de contrastes, paradojas y saltos mortales que nos ha tocado en suerte. E Inio Asano plasma sus canciones de inocencia y de experiencia con un dibujo hermoso, inesperado, gozoso, y un guión inteligente, salpicado de paralelismos alegóricos y, tal vez a su pesar, maduro. Un libro necesario que es una brillante revisión a lo que ya contó J.D. Salinger en El Guardián entre el Centeno, pensada para el siglo XXI y enfundada en una edición en un solo tomo la mar de apañado, gordito, grandecito y muy bonito. Todo perfecto.

Solanin.
Edición original: Shogakukan 2005-2006.
Guión y dibujo: Inio Asano.
Traducción: Marc Bernabé y Verónica Calafell.
Realización técnica: Drac Studio.
Norma Editorial 2014.