Política: el ordenamiento de la polis, los ciudadanos. Democracia: el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo. Dos nobles palabras. En la práctica, la política se ha convertido en sinónimo de corrupción, de enriquecimiento rápido por parte de una oligarquía a menudo zafia e inculta. Ostentosos nuevos (y viejos) ricos que toman a los votantes por estúpidos. Que saben que lo somos. Una masa manipulable, olvidadiza, analfabeta y aborregada que se mueve a golpe de imagen catódica, de consigna simplota, que sigue a la zanahoria delante del palo. Cuando la democracia se comprueba como la dictadura de la banalidad, producto de una mayoría mangoneada, surgen salvapatrias, populistas, déspotas ilustrados que nos desvelan, oh, la basura que hay detrás de los que manejan el mundo y la delgada línea que separa reaccionarios de más reaccionarios, malo y peor.

¿Es, entonces, Transmetropolitan tan bueno? Tras unos primeros compases a la deriva que hacen la función de presentación de un futuro distópico, encuentra su rumbo como esperpento valleinclanesco ofensivo y escatológico con un protagonista que se pretende carismático. Un parlanchín omnipresente en prácticamente todas las viñetas, cuyo ingenio reside en reflexiones en voz alta que son una sarta de tweets. Un tipo amoral eternamente cabreado que es el más duro, el más salvaje, el más peligroso. Y para ser malote, claro, hay que fumar en cadena y engullir puñados de anfetaminas de todas las formas y colores hasta el ridículo. Por mucho que se inspire (digámoslo ya) en el periodista gonzo (utilicemos el tópico) Hunter S. Thompson, desde su periódico, La Palabra, un manifiesto iluminado y alucinado, se aproxima peligrosamente en actitud, manifestaciones y gesto a Charles Manson. Spider Jerusalem utiliza los mismos medios que critica, pero, ah, los suyos son otros fines. Los buenos fines. Eso autolegitima su ultraviolencia, sus objetivos se lo tienen merecido. Y es que Warren Ellis sabe lo que es divertido para su público: basura, drogas, alcohol, los diálogos más disparatadamente salpimentados con tacos y sátira social y política. Lo que se supone adulto por contraposición al mainstream de guante blanco. La cuestión es si toda esa retahíla de barbaridades gratuitas es el envoltorio de celofán con el que nos cuelan una acerada demolición del estado de las cosas o si la nada sutil (que no lo pretende) ni (seamos claros) la escasamente inteligente crítica son coartadas con las que nos venden burradas que en realidad no aportan nada mollar. Sólo cuando el autor habla con voz limpia, a pesar de toda la sal gorda, deja entrever su intención didáctica, aunque nos la ponga en la cara a puñetazos: “Esto lo provocó el presidente al que habéis votado dos veces. Y puede solucionarse votando para que se vaya. Vosotros lo votasteis… arregladlo con votos. No puedo solucionar los problemas. Sólo puedo intentar asegurarme de que la gente no pueda evitar verlos. Me he dedicado a ser un manipulador barato de mierda. Me miro al espejo y vomito cada mañana. Pero era eso o no hacer nada”. Después de tanta provocación, una ráfaga de ingenuidad. Un pensamiento desiderativo que confía en el poder de la prensa, en su independencia, en La Palabra como un arma, en que el pueblo soberano es inteligente, librepensador y no se mueve por fidelidad a su tribu. Pero un tebeo no cambia el mundo. Ni siquiera le hace cosquillas. Sólo se queda en la superficie de la risotada. Por otra parte, hay quien dirá que Darick Robertson, un dibujante francamente basto, es el más apropiado para este guión, pero en demasiadas ocasiones su habilidad y capacidad artísticas están más cerca del aficionado que emborrona papeles en el pupitre del fondo que de los maestros del cómix underground en los que se inspira. Además, la edición simplota de ECC decreta el fin del cartoné a go-gó, algo que no se les puede reprochar. Eso sí, el equipo de rotulación se ha ganado el sueldo.

Transmetropolitan.
Edición original: DC Comics / Vertigo 1997-2002.
Guión: Warren Ellis.
Dibujo: Darick Robertson.
Tinta: Rodney Ramos et al.
Color: Nathan Eyring et al.
Portadas: Frank Quitely, Dave Gibbons, Jae Lee et al.
Traducción: Guillermo Ruiz Carreras.
Rotulación y realización: Juli Cases, Dolores Faraco, Esteban Carmona, Marc Vilaplana, Pablo Esguevillas, Francesc Martínez.
ECC Ediciones 2015.