Nos cuesta aceptar que el mal, per se, existe. Que hay personas que son intrínsecamente malvadas. Preferimos achacarlo a enfermedades mentales, a infancias traumáticas, a la sociedad como un ente abstracto y opresor. Es más reconfortante. Nos hace sentirnos más seguros. A salvo de un ataque irracional, como si eso no fuera propio de la naturaleza humana. Siglos atrás se les llamaba endemoniados, poseídos. Creer en el diablo mismo personificado como el Señor del Mal es preferible a afrontar nuestra propia verdad.

Robert Kirkman no inventa nada, pero sabe muy bien cómo explorar hasta las últimas consecuencias las posibilidades del tema que le divierta en cada momento. Es un autor de género altamente influenciado por las películas de serie B de los años setenta, y eso se traduce en comics de superhéroes, de zombies, o de ladrones de altos vuelos, todos ellos siempre con un giro atractivo y, en ocasiones, novedoso. Con su última historia trae El Exorcista de William Friedkin al día a día de la América profunda. Sabedor de que ahora está en la cresta de la ola, puede permitirse otra obra de largo recorrido y tomarse su tiempo para desarrollar algo que, en sus primeros compases, se perfila como su mejor trabajo hasta la fecha. Esperemos que no padezca del síndrome Millar y acabe escribiendo con la mirada puesta en la inevitable adaptación a la pantalla. Mientras tanto, el equipo formado por el estilo cinematográfico, quizá un tanto estático, de los brochazos de tinta del ilustrador y la sucia paleta de la colorista le van como anillo al dedo.

Paria.
Edición original: Outcast, Image Comics 2014-presente.
Guión: Robert Kirkman.
Dibujo: Paul Azazeta.
Color: Elizabeth Breitweiser.
Traducción: Nacho Bentz.
Rotulación: No consta.
Planeta Cómic 2015.