Errol Flynn toma al asalto él solito una colina en las playas de Iwo Jima bajo el fuego de las balas enemigas. Por sentido del deber, por patriotismo, por heroísmo. El cine de Hollywood ha dado forma a muchos de nuestros grandes conceptos. Ha definido por nosotros el amor, la belleza, la felicidad, un tipo de héroe que no existe. Ponernos en riesgo por altruismo queda para la ficción. En la trivialidad cotidiana no hay sitio para discursos grandilocuentes. La realidad descarnada en toda su crudeza no tiene nada de excepcional. Es absurda, torpe, exenta de toda elegancia y armonía. Encerrados en cuchitriles que creemos nuestro refugio, esclavizados en existencias miserables, obsesionados con el sexo urgente como una huida momentánea, la vida se nos escapa como un puñado de arena entre los dedos, incapaces de zafarnos de nuestros complejos, de nuestras inseguridades, de nuestras frustraciones, pero llenos de ira. Nos autoengañamos creyendo que en una situación extrema sale a la superficie lo mejor del ser humano. No es cierto. Sólo hay mezquindad, egoísmo y cobardía. Tampoco somos peores de lo que éramos. Nadie es más ruin que antes. Una situación de crisis sólo lo deja salir a flote. Somos seres ridículos, reprimidos a los que nos cuesta despojarnos de capas de civilización, mientras que para los más temerarios el apocalipsis final es una gran fiesta que hay que apurar. Hacemos gala de nuestra superficialidad, de nuestro individualismo, pero nos amparamos en el rebaño esperando que alguien, que algo, lo solucione por nosotros, Señor Bartleby. Cerramos los ojos porque no queremos ver cómo todo se derrumba. Y son los más cobardes, los menos capaces, aquellos que sobreviven. No los más aptos, sino los que se adaptan, los que encuentran sin buscar. El heroísmo es un accidente. Es eminentemente humano tener debilidades, necesidades y flaquezas. Vivir es tener miedo. Y no es la cautela, sino la cobardía lo que nos impide movernos. Todo nuestro instinto nos grita que sobreviviremos quietos como ratones. Los verdaderos héroes lo son porque se sobreponen al día a día cada vez que se salen de la cama y dan un paso. Sí, siguen adelante porque no hay otra cosa que puedan hacer, porque da más miedo quedarse paralizado y no reaccionar. Es heroísmo a la fuerza.

Una impresionante vuelta de tuerca a la mil veces contada infección zombie que desencadena el fin del mundo, de la forma más realista que se puede contar. La sociedad japonesa y, por ende, la urbanita, quedan perfectamente retratadas en su ensimismamiento. Acertadamente, el protagonista es un don nadie por turnos infantil e insoportable. Es una lástima que el espectacular dibujo quede constreñido por el tradicional formato del manga, pues estas páginas piden a gritos un tamaño más grande, aún más enturbiado por una reproducción, quizá, oscura en exceso. Con todo, la edición es impecable, aunque el usualmente solvente traductor merece un discreto tirón de orejas al deslizar algún pequeño localismo trasladado de forma literal que al lector de fuera de la zona chirría y saca de la historia.

I Am a Hero.
Edición original: Shogakukan 2009-presente.
Guión y dibujo: Kengo Hanazawa.
Traducción: Marc Bernabé.
Realización técnica: Acrobat Estudio.
Norma Editorial 2013-presente.